Personas desaparecidas

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Sábado, 20 Diciembre 2014 04:35

Santiago Corcuera

El 18 de diciembre se cumplió el 22 aniversario de la Declaración para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas. Además, el día de hoy se cumple el octavo aniversario de la adopción de la Convención Internacional del mismo nombre y el 23 de diciembre se cumplirá el cuarto año desde que entró en vigor.

Son fechas que vale la pena conmemorar, pues sin duda, la existencia de los instrumentos internacionales en materia de desapariciones forzadas se debe al incansable esfuerzo de las familias de las personas desaparecidas.

Además, estas fechas son muy cercanas a la Nochebuena, que se celebra en México por millones de personas, por razones religiosas o socialmente convencionales. Miles y miles de personas, esa noche, al estar reunidas con sus familiares, sentirán una aguda punzada de vacío por la ausencia de quien fue desaparecida por la delincuencia uniformada, u organizada, o no. Esa es una sensación de angustia que, quienes tienen la horrible desgracia de experimentarla, me han contado que no desaparece. Es un dolor que, aunque quien pudiera sugerir que debe superarse, no se sobrepasa en toda la vida; lo que es más, se transmite a las generaciones siguientes, como lo ha demostrado el reclamo de nietas y nietos de desaparecidos, que siguen buscando información sobre el destino final de sus abuelas o abuelos. Esa es una herida que no se cierra, o que, a pesar de la apariencia que da una cicatrización provocada por el tiempo, la ausencia de la verdad es el bisturí que se ha quedado adentro del cuerpo social y que provoca una hemorragia interna que, tarde o temprano, emerge con mayor fuerza. El derecho a conocer la verdad es un derecho que no tiene fecha de caducidad, aunque algunos gobiernos así lo desearan, o se la trataran de fijar artificialmente a través de alguna ley de amnistía o mediante su inactividad, equivalente en los hechos a una amnistía. Si un país no reconoce esos crímenes y su gobierno no hace nada por develar la realidad de lo que sucedió hace cuarenta, veinte o diez años, o hace unos meses o días, los allegados de quienes están desaparecidas, no cesarán en su exigencia de verdad y justicia. A algunas las lograrán acallar infundiéndoles terror, como miles de personas que no denuncian las desapariciones precisamente porque tienen pavor. Pero algunas se aguantan el miedo y actúan, y otras, eventualmente, salen de su parálisis y ¡actúan!

Esa sensación de angustia incesante, es una prueba plena de la naturaleza continua del crimen de desaparición. Decir que la desaparición es un crimen continuo no es simplemente una aseveración jurídicamente correcta, sino una realidad para quienes sufren por la desaparición de alguien a quien quieren. Esa tristeza constante la sienten miles y miles de personas en México en el mismo momento en el que alguien pudiera estar leyendo este texto. No importa quién sea la persona desaparecida. ¡Toda persona tiene derecho a no ser desaparecida! Esto último lo digo para quienes, por su insensibilidad casi inhumana y su nostalgia por el autoritarismo, insinúan que los desaparecidos se lo merecen, porque seguramente son “izquierdosos”, o “delincuentes”, o “desestabilizadores”. ¡Se trata de personas con nombre y apellido, con una historia de vida y que tienen familiares y amistades que sufren continuamente por su ausencia!

Ese sufrimiento se hunde con mayor agudeza en estas fechas de diciembre. ¡¿Cómo desearles una “Feliz Navidad” a quienes extrañan a alguna persona desaparecida?! No lo sé, pero por lo menos, va este texto dedicado para ellas y ellos, con el mayor de mis respetos.

P.D. Me permito respetuosamente recordarle al gobierno federal el contenido de la línea de acción 3.3.3. del Programa Nacional de Derechos Humanos. A ver a quioras.

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